El nudismo de hoy es una práctica cultural en occidente que emerge en el siglo XX como reacción a los paradigmas de ocultamiento del cuerpo y de control institucional sobre su uso y la legitimidad del goce.
Originada en la necesidad de volver a lo natural del hombre luego del sometimiento a condiciones extenuantes tras las dos grandes guerras, europa vivió a mediados de siglo un reclamo por una nueva educación humanista inclinada hacia la libertad y la sensibilidad.
La futilidad, inutilidad y contrariedad de las ideologías y las disciplinas de control de masas de las sociedades “más civilizadas” cuyos resultados fueron las barbaries de los campos de batalla y de exterminio, quebraron las barreras prejuiciosas a la libre expresión y al disfrute personal del cuerpo, a la vez que la naturaleza fue nuevamente romantizada como santuario frente a la artificialidad de la modernidad. Las imágenes categóricas y los símbolos fijos que separaban los géneros hombre-mujer también recibieron duras embestidas.
Las escenas vistas por doquier del cuerpo lastimado, hambriento, enfermo, humillado y mutilado, mezclados entre cenizas y escombros, reducido a un número por el estado, como soldado o prisionero étnico, originaron una rebelión frente a las homogeneizaciones sociales. La escases de hombres, por los muertos en trincheras, originó cambios estructurales profundos en el rol de la mujer como dejar el hogar para trabajar y sostener a sus hijos, su ascenso en funciones públicas y el uso de actividades y vestimentas laborales cuasimasculinos.
El individuo así recobra el derecho sobre su cuerpo frente a los controles sociales totalitarios, fascistas o burgués hegemónico. La propia imagen personal se ve obligada súbitamente a cambiar para sobrevivir, dejando atrás la antigua identificación con roles sociales preestablecidos.
En la reconstrucción, surgen de este modo movimientos juveniles que usan el cuerpo y la sensibilidad con libertad y autonomía personal, con sentidos de pertenencia alrededor de motivaciones lejanas a la tradición, grupos musicales rock, moda unisex, destapes, consumo de alucinógenos, nudismo en espacios naturales, prácticas orientalistas como el yoga, el neotantra, popularización de doctrinas esotéricas, etc.
El derecho a disponer del propio cuerpo sin subordinación a las demandas del estado, o del modelo cultural, el revalúo del cuerpo sano y visible frente al uniforme, la máquina y el acero, y la igualdad ante el desastre y la muerte, permitieron un nuevo camino de relación “en y con el” mundo que expone una piel sensible y vulnerable capaz de aceptar al otro como legítimo, y de mostrarse auténticamente con los propios límites humanos, fuera de un modelo de “el cuerpo como herramienta de producción”, “el sexo como identidad de género”, “la persona como identidad partidaria frente a antagonistas y enemigos”.
Los ciudadanos de europa occidental participaron en la necesidad de reconstrucción de naciones vecinas sobre el renovado ideal de unidad de la humanidad y valores de confianza, donde los símbolos de separación nacional y racial fueran minimizados, contrariamente a la preguerra donde se habían exacerbado.
La vuelta a la fraternidad, entonces fue de la mano con una renovada exaltación del cuerpo personal, y tal vez un resurgir del canon clasicista de la antigüedad.
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jueves, 3 de julio de 2008
Ideologías del cuerpo antes de 1950
El paradigma ideológico de la preguerra se hallaba substanciado por la exacerbación del industrialismo y los nuevos mercados, el victorianismo y el nacionalismo enroscados en ideologías de progreso, competencia y dominación, que aplicado a la población mediante leyes e instituciones que ejercían un control de masas riguroso y secular provocaron una desviación cultural, fomentada por el romanticismo idealista de la modernidad, que podemos entender como el alejamiento en el modo de vida de valores espirituales cotidianos y compartidos, reemplazando la costumbre por el contrato, al hombre de carne y hueso por el hombre instrumento, una renegación del cuerpo del otro como ser sensible para pasar a manipularlo como ser explotable, tal deformación de la conciencia llevó a un fratricidio nunca antes visto en la cultura cristiano-romana-germánica. Metonímicamente, evoluciona como un cáncer dentro de sus raíces ancestrales colectivas.
Observemos como eran los paradigmas hasta entonces prevalecientes y el impacto que ellos producían en el uso del cuerpo: marcadores de clase social acentuados, rigidez en ritos de rol, opulencia en el vestir, trascendencia de los negocios, imperialismo, segregación racial y etnocentrismo europeizante, explotación de la naturaleza y áreas coloniales, cero conciencia ecológica, estricto control social coactivo, tecnificación de la educación, disciplinamiento postural del cuerpo, ritualización y protocolarización de las relaciones sociales, estandarización de la familia, condena y exclusión de formas minoritarias de relación como la homosexualidad, el aparejamiento informal, la multigamia, los hijos extramaritales, etc. A nivel hegemónico racional sucedía la primacía de la ciencia sobre el humanismo, la observancia rígida de preceptos religiosos, y una sociología de categorización y patologización de las relaciones sociales. El modo de producción originaba hacinantes concentraciones urbanas de la población, sostenidas a base de controles disciplinarios deshumanizantes. La educación imponía castigos corporales, fijaciones a roles y humillaciones hacia los niños rebeldes o diferentes. La salud culpabilizaba al enfermo, cargándolo de preceptos morales y la psiquiatría además de ejercer irreversibles tratamientos de control sobre los sistemas nerviosos desequilibrados, enjuiciaba comportamientos heterodoxos y encerraba a los extravagantes en prisiones químicas cuando no de chaleco y cemento.
Podemos mencionar decenas más de tendencias de época que constreñían el movimiento corporal y la libertad de expresión, generando una distancia incremental entre el sentir y el hacer en el contacto con los otros, un vacío en la sensibilidad. Y un constante estar al borde de “contravenir la moral y las buenas costumbres”.
La vida cotidiana definida en esos términos genera un sistema inclinado a la neurosis, la intelectualización, el ritualismo, la observancia de preceptos y la exigencia mutua, con pérdida de la espontaneidad, lo espiritual humano y del gozo sincero de la expresión y el contacto, desnaturalizando las relaciones que se vuelven más frías y calculadas, donde lo sentido en el cuerpo no tiene lugar (piénsese en el control social con el panóptico de Bentham y el rol del estado en Foucault).
Fueron necesarias dos guerras masivas para derribar esa matriz socio estructural, el sufrimiento inmediato de millones de personas, las pérdidas urbanas de las comodidades ganadas por el industrialismo, el hambre, la miseria y las enfermedades. Recién luego del agotamiento total de 1945 se minó la confianza en esos patrones de control social.
La gente común tuvo necesidad de reconstruir su vida, su barrio, su familia, buscando refugió en lo simple, lo natural y los reservorios de la tradición: la solidaridad y la reciprocidad. Ese quiebre y las nuevas prioridades hacen el cambio a la postmodernidad y explican la tolerancia, cuando no la aceptación masiva, de los nuevos usos del cuerpo, la sexualidad, el rol de la mujer y, entre otras tantas nuevas prácticas, el nudismo.
Observemos como eran los paradigmas hasta entonces prevalecientes y el impacto que ellos producían en el uso del cuerpo: marcadores de clase social acentuados, rigidez en ritos de rol, opulencia en el vestir, trascendencia de los negocios, imperialismo, segregación racial y etnocentrismo europeizante, explotación de la naturaleza y áreas coloniales, cero conciencia ecológica, estricto control social coactivo, tecnificación de la educación, disciplinamiento postural del cuerpo, ritualización y protocolarización de las relaciones sociales, estandarización de la familia, condena y exclusión de formas minoritarias de relación como la homosexualidad, el aparejamiento informal, la multigamia, los hijos extramaritales, etc. A nivel hegemónico racional sucedía la primacía de la ciencia sobre el humanismo, la observancia rígida de preceptos religiosos, y una sociología de categorización y patologización de las relaciones sociales. El modo de producción originaba hacinantes concentraciones urbanas de la población, sostenidas a base de controles disciplinarios deshumanizantes. La educación imponía castigos corporales, fijaciones a roles y humillaciones hacia los niños rebeldes o diferentes. La salud culpabilizaba al enfermo, cargándolo de preceptos morales y la psiquiatría además de ejercer irreversibles tratamientos de control sobre los sistemas nerviosos desequilibrados, enjuiciaba comportamientos heterodoxos y encerraba a los extravagantes en prisiones químicas cuando no de chaleco y cemento.
Podemos mencionar decenas más de tendencias de época que constreñían el movimiento corporal y la libertad de expresión, generando una distancia incremental entre el sentir y el hacer en el contacto con los otros, un vacío en la sensibilidad. Y un constante estar al borde de “contravenir la moral y las buenas costumbres”.
La vida cotidiana definida en esos términos genera un sistema inclinado a la neurosis, la intelectualización, el ritualismo, la observancia de preceptos y la exigencia mutua, con pérdida de la espontaneidad, lo espiritual humano y del gozo sincero de la expresión y el contacto, desnaturalizando las relaciones que se vuelven más frías y calculadas, donde lo sentido en el cuerpo no tiene lugar (piénsese en el control social con el panóptico de Bentham y el rol del estado en Foucault).
Fueron necesarias dos guerras masivas para derribar esa matriz socio estructural, el sufrimiento inmediato de millones de personas, las pérdidas urbanas de las comodidades ganadas por el industrialismo, el hambre, la miseria y las enfermedades. Recién luego del agotamiento total de 1945 se minó la confianza en esos patrones de control social.
La gente común tuvo necesidad de reconstruir su vida, su barrio, su familia, buscando refugió en lo simple, lo natural y los reservorios de la tradición: la solidaridad y la reciprocidad. Ese quiebre y las nuevas prioridades hacen el cambio a la postmodernidad y explican la tolerancia, cuando no la aceptación masiva, de los nuevos usos del cuerpo, la sexualidad, el rol de la mujer y, entre otras tantas nuevas prácticas, el nudismo.
Raíces culturales del nudismo
Hagamos un viaje al pasado para situarnos históricamente en las raíces de nuestra civilización, y poder así arrojar luz en los anales de nuestra mentalidad..
Occidente ha conservado en su cultura popular, tanto como en el arte y en el pensamiento culto, una sensibilidad dominada por la herencia de los siglos de oro griegos, helénicos y romanos donde se contempló la belleza natural de la figura humana en proporciones idealizadas.
Ya los griegos eran portadores de modelos egipcios de representación del cuerpo a la que añadieron primero realismo figurativo y luego idealización.
Más atrás aún, la corriente nómade aria movida por los cambios climáticos de 7000 años antes del presente trasladó su tradición desde el centro de Asia sincretizándose con los pueblos originarios de la India, implantando sus dioses védicos y el sánscrito, mientras que otras ramas derivaban hacia el subcontinente europeo con sus bagajes de tradición guerrera épica moral y, espiritual donde se idealizaba al cuerpo por un lado y se denostaba la existencia terrena por otra mediante ritos purificatorios.
Tomando la tradición griega iniciada unos 3000 años atrás, reformulada por los romanos, nuestra cultura ha conservado a través de los siglos las esculturas y obras sobrevivientes otorgándoles en sentido clásico para convertirlos en modelos de belleza, perfección y hegemonía, modelos sobre los que las generaciones y autores posteriores se han inspirado tanto para revaluarlos y exagerarlos (gótico, renacentismo y época barroca) como para ocultarlos, fragmentarlos y negarlos (la edad media, cubismo, abstracción, entre otros) pero de ningún modo serles indiferentes.
Del mismo modo que en el arte, ha ocurrido esto con la figura humana en los usos sociales del cual la historia del arte es expresión.
Piénsese simplemente en la obra manierista y barroca de Miguel Ángel y sus posteriores intervenciones de censura con paños pintados encima para ocultar los desnudos, hasta el valor exacerbado de lo auténtico hoy con las restauraciones exquisitas que buscan descubrir las auténticas líneas de los cuerpos diseñados por el autor.
Este ir y venir por paradigmas “centrados en y alejados del” cuerpo, de separación binaria cuerpo-espíritu y reintegración romántica (en el superhombre, en los “superheroes”), ha creado de por sí en nosotros una riqueza y una serie de formas de ver y comprender los cuerpos con sus diferentes caracteres.
Por ello, para todos nosotros, la consideración “hacia y la mirada de” nuestro propio cuerpo, o el de otros, desnudos, lo que menos tiene es inocencia o simpleza, y lo que más una profunda y piadosa valoración estética. Y en el medio un berenjenal de prejuicios y valoraciones éticas.
Occidente ha conservado en su cultura popular, tanto como en el arte y en el pensamiento culto, una sensibilidad dominada por la herencia de los siglos de oro griegos, helénicos y romanos donde se contempló la belleza natural de la figura humana en proporciones idealizadas.
Ya los griegos eran portadores de modelos egipcios de representación del cuerpo a la que añadieron primero realismo figurativo y luego idealización.
Más atrás aún, la corriente nómade aria movida por los cambios climáticos de 7000 años antes del presente trasladó su tradición desde el centro de Asia sincretizándose con los pueblos originarios de la India, implantando sus dioses védicos y el sánscrito, mientras que otras ramas derivaban hacia el subcontinente europeo con sus bagajes de tradición guerrera épica moral y, espiritual donde se idealizaba al cuerpo por un lado y se denostaba la existencia terrena por otra mediante ritos purificatorios.
Tomando la tradición griega iniciada unos 3000 años atrás, reformulada por los romanos, nuestra cultura ha conservado a través de los siglos las esculturas y obras sobrevivientes otorgándoles en sentido clásico para convertirlos en modelos de belleza, perfección y hegemonía, modelos sobre los que las generaciones y autores posteriores se han inspirado tanto para revaluarlos y exagerarlos (gótico, renacentismo y época barroca) como para ocultarlos, fragmentarlos y negarlos (la edad media, cubismo, abstracción, entre otros) pero de ningún modo serles indiferentes.
Del mismo modo que en el arte, ha ocurrido esto con la figura humana en los usos sociales del cual la historia del arte es expresión.
Piénsese simplemente en la obra manierista y barroca de Miguel Ángel y sus posteriores intervenciones de censura con paños pintados encima para ocultar los desnudos, hasta el valor exacerbado de lo auténtico hoy con las restauraciones exquisitas que buscan descubrir las auténticas líneas de los cuerpos diseñados por el autor.
Este ir y venir por paradigmas “centrados en y alejados del” cuerpo, de separación binaria cuerpo-espíritu y reintegración romántica (en el superhombre, en los “superheroes”), ha creado de por sí en nosotros una riqueza y una serie de formas de ver y comprender los cuerpos con sus diferentes caracteres.
Por ello, para todos nosotros, la consideración “hacia y la mirada de” nuestro propio cuerpo, o el de otros, desnudos, lo que menos tiene es inocencia o simpleza, y lo que más una profunda y piadosa valoración estética. Y en el medio un berenjenal de prejuicios y valoraciones éticas.
Historia medieval, y el uso del cuerpo
Veamos como la fragua de la historia ha templado el uso del cuerpo con los hechos sociales más significativos en nuestra tradición dominante, que básicamente se forjó en Europa y que luego se implantó en América y otros continentes colonizados.
En otro apartado trataremos el sincretismo con las culturas locales y el caudal de hechos que refieren a la aculturación y las condensaciones populares de las culturas aborígenes y perduración de sus prácticas ancestrales.
Al derrumbarse la Roma decadente en el siglo IV, con las invasiones germánicas y la fragmentación de todo poder institucional, la reserva y el anhelo de algún orden y de cohesión quedo en el sentimiento popular representada por la iglesia cristiana, erigida como religión oficial del imperio casi dos siglos antes y por tanto estructurada como el estado romano.
Ella fue en principio el sobreviviente de la antigua red de cultura urbana y secular, de una identidad común para todo occidente, e imbuida de esta misión logró sostener un orden social y político sui generis en confluencia con los intereses de las elites tribales conquistadoras y bárbaras de anglos, francos, ostrogodos, visigodos, etc, de forma de mantener ideológicamente a la gran masa del campesinado leal a su poder de convocatoria.
Este campesinado era el que aportaba la fuerza laboral sostén del clero y del resto de la sociedad de la edad media, en especial sobre él recaían las exacciones y tributos que imponían las elites bárbaras guerreras que lentamente y por conveniencia cultural iban siendo cristianizadas y romanizadas por la evangelización.
En el siglo X se da forma a este modo de convivencia social con la ideología llamada Teoría de los Tres Ordenes, en la que el pueblo cristiano se resumía en el primer orden con La Iglesia que reza e intercede ante Dios por los otros dos órdenes: la Nobleza que con la espada protege a la cristiandad de los infieles, y el Pueblo campesino y artesano que alimenta y genera recursos con su trabajo para los tres.
Podemos imaginar cómo se recargaba el trabajo campesino para sostener a clérigos, nobles y artesanos contratados por éstos.
Cuando hablamos de “recargar el trabajo” significa, para todas las épocas, ni más ni menos postergar la libertad de vivir y recrearse luego de procurarse el sustento, extendiendo horas y horas la obligación de producir para que se lo lleven terceros y gocen de ello.
Esto no se logra espontáneamente sino a través de dos formas de imposición violenta: la coacción física por las armas, sobre las personas y sus bienes, o bien la manipulación ideológica por medio de las creencias, que nos hacen reconocer legitimidad en tributos e impuestos.
Una de las bases de control es educar a los niños para ignorar y ocultar la experiencia corporal alienante, donde el esfuerzo en el displacer es tolerado y hasta valorado.
Así ocurría en aquel tiempo, como lo sigue siendo hoy con otros métodos, de modo que los costos de sostener el sistema de producción feudal se “pagaban” mediante la promesa de una mejor vida en el más allá y ser una buena “y fiel oveja” a los ojos del “Señor, Creador” del cual también emanaba la contrastante realidad acomodada de los Nobles y el Clérigo. Este sistema se creía eternizado.
En su rol evangelizador, tanto del vulgo campesino como de la casta bárbara invasora constituída en la nobleza, la elite clerical prescribía conductas ético corporales restrictivas que apuntaban a entrenar al germano dominante en la lucha bajo la orientación de la fe, y al campesino para trabajar duramente la tierra y sostener las necesidades del brazo armado como de los funcionarios eclesiásticos intercesores en la Tierra bajo tales órdenes creadas por dios.
Con el devenir de los siglos, y en un largo proceso de luchas dentro de la nobleza y el surgimiento de una nueva clase social a partir del comercio, los territorios feudales se aglutinan en reinos, y estos en estados nación. En todo este proceso se manipula y controla a la población incrementando los tributos con coacción física directa así como con la conciencia del rol social, el cuerpo del hombre es devaluado frente a su función como súbdito.
Y el poder secular del estado se arroga legalmente entonces una nueva arbitrariedad: disponer en sus tribunales del destino del cuerpo de sus nacionales mientras, ahora ya las Iglesias escindidas en variantes Católica, Protestante y Anglicana sentenciaban el alma.
Así nace la institución de la Inquisición repartiéndose los castigos: con la persecución de herejías y destrucción simbólica de emergentes de libre pensamiento la Iglesia, mientras el Estado ponía al verdugo con tormentos ejemplares sobre los cuerpos para aterrorizar a las masas ciudadanas sobre cualquier intención de rebeldía.
La persona es vista por entero como perteneciente al cuerpo social, con escasa posibilidad de oponerse a los paradigmas espirituales y políticos dominantes. El cuerpo es visto como instrumento manipulable y territorio del diablo, y la cotidianidad de la cultura popular como una amenaza permanente que hay que controlar y evangelizar por todos los medios al alcance.
Mientras ello ocurre, la nueva clase social la burguesía, urbana, mercantil y más culta, se ha fortalecido y aliado a los reyes para expansión mutua, una aporta dinero y los otros poder armado. La realeza aplasta a la nobleza y consolida un poder político único dentro del territorio de cada nación europea, la organización feudal se debilita y comienza el rápido proceso en que el capitalismo absorbe los recursos: campos, mano de obra y materias primas, donde tanto las producciones urbanas como el campo producen excedentes para la actividad mercantil que alcanza mercados cada vez más lejanos.
El hombre y su cuerpo, son vistos ahora como medio de producción y generación de riqueza, se ingresa en la era llamada materialista de la modernidad. El estado y el patrón se desentienden de su realización personal, de su protección y manutención, menos aún de su gozo y salud. Las doctrinas religiosas surgen ahora como única esperanza para la vida explotada y desplazada de la tierra y el bosque que daban sustento con el trabajo, el fruto del trabajo ya no pertenece ni al campesino ni al asalariado.
La explotación se hace más insidiosa que en la era feudal, y resurge la esclavitud y se globaliza en el mundo, proceso que comienza a cambiar finalizando el siglo XIX en que se observan las ventajas de que las masas consumidoras posean mayor poder adquisitivo a fin de generar mayor creación de riqueza, concomitantes con las grandes revueltas ciudadanas.
Durante los siglos que van del XVI al XIX ocurre el proceso de expansión europea a todos los confines de la Tierra impulsados por el capitalismo mercantil, y el descubrimiento de nuevas culturas con el fin de someterlas, por intercambio y siempre después a cañonazos, a la dinámica del mercadeo.
En otro apartado trataremos el sincretismo con las culturas locales y el caudal de hechos que refieren a la aculturación y las condensaciones populares de las culturas aborígenes y perduración de sus prácticas ancestrales.
Al derrumbarse la Roma decadente en el siglo IV, con las invasiones germánicas y la fragmentación de todo poder institucional, la reserva y el anhelo de algún orden y de cohesión quedo en el sentimiento popular representada por la iglesia cristiana, erigida como religión oficial del imperio casi dos siglos antes y por tanto estructurada como el estado romano.
Ella fue en principio el sobreviviente de la antigua red de cultura urbana y secular, de una identidad común para todo occidente, e imbuida de esta misión logró sostener un orden social y político sui generis en confluencia con los intereses de las elites tribales conquistadoras y bárbaras de anglos, francos, ostrogodos, visigodos, etc, de forma de mantener ideológicamente a la gran masa del campesinado leal a su poder de convocatoria.
Este campesinado era el que aportaba la fuerza laboral sostén del clero y del resto de la sociedad de la edad media, en especial sobre él recaían las exacciones y tributos que imponían las elites bárbaras guerreras que lentamente y por conveniencia cultural iban siendo cristianizadas y romanizadas por la evangelización.
En el siglo X se da forma a este modo de convivencia social con la ideología llamada Teoría de los Tres Ordenes, en la que el pueblo cristiano se resumía en el primer orden con La Iglesia que reza e intercede ante Dios por los otros dos órdenes: la Nobleza que con la espada protege a la cristiandad de los infieles, y el Pueblo campesino y artesano que alimenta y genera recursos con su trabajo para los tres.
Podemos imaginar cómo se recargaba el trabajo campesino para sostener a clérigos, nobles y artesanos contratados por éstos.
Cuando hablamos de “recargar el trabajo” significa, para todas las épocas, ni más ni menos postergar la libertad de vivir y recrearse luego de procurarse el sustento, extendiendo horas y horas la obligación de producir para que se lo lleven terceros y gocen de ello.
Esto no se logra espontáneamente sino a través de dos formas de imposición violenta: la coacción física por las armas, sobre las personas y sus bienes, o bien la manipulación ideológica por medio de las creencias, que nos hacen reconocer legitimidad en tributos e impuestos.
Una de las bases de control es educar a los niños para ignorar y ocultar la experiencia corporal alienante, donde el esfuerzo en el displacer es tolerado y hasta valorado.
Así ocurría en aquel tiempo, como lo sigue siendo hoy con otros métodos, de modo que los costos de sostener el sistema de producción feudal se “pagaban” mediante la promesa de una mejor vida en el más allá y ser una buena “y fiel oveja” a los ojos del “Señor, Creador” del cual también emanaba la contrastante realidad acomodada de los Nobles y el Clérigo. Este sistema se creía eternizado.
En su rol evangelizador, tanto del vulgo campesino como de la casta bárbara invasora constituída en la nobleza, la elite clerical prescribía conductas ético corporales restrictivas que apuntaban a entrenar al germano dominante en la lucha bajo la orientación de la fe, y al campesino para trabajar duramente la tierra y sostener las necesidades del brazo armado como de los funcionarios eclesiásticos intercesores en la Tierra bajo tales órdenes creadas por dios.
Con el devenir de los siglos, y en un largo proceso de luchas dentro de la nobleza y el surgimiento de una nueva clase social a partir del comercio, los territorios feudales se aglutinan en reinos, y estos en estados nación. En todo este proceso se manipula y controla a la población incrementando los tributos con coacción física directa así como con la conciencia del rol social, el cuerpo del hombre es devaluado frente a su función como súbdito.
Y el poder secular del estado se arroga legalmente entonces una nueva arbitrariedad: disponer en sus tribunales del destino del cuerpo de sus nacionales mientras, ahora ya las Iglesias escindidas en variantes Católica, Protestante y Anglicana sentenciaban el alma.
Así nace la institución de la Inquisición repartiéndose los castigos: con la persecución de herejías y destrucción simbólica de emergentes de libre pensamiento la Iglesia, mientras el Estado ponía al verdugo con tormentos ejemplares sobre los cuerpos para aterrorizar a las masas ciudadanas sobre cualquier intención de rebeldía.
La persona es vista por entero como perteneciente al cuerpo social, con escasa posibilidad de oponerse a los paradigmas espirituales y políticos dominantes. El cuerpo es visto como instrumento manipulable y territorio del diablo, y la cotidianidad de la cultura popular como una amenaza permanente que hay que controlar y evangelizar por todos los medios al alcance.
Mientras ello ocurre, la nueva clase social la burguesía, urbana, mercantil y más culta, se ha fortalecido y aliado a los reyes para expansión mutua, una aporta dinero y los otros poder armado. La realeza aplasta a la nobleza y consolida un poder político único dentro del territorio de cada nación europea, la organización feudal se debilita y comienza el rápido proceso en que el capitalismo absorbe los recursos: campos, mano de obra y materias primas, donde tanto las producciones urbanas como el campo producen excedentes para la actividad mercantil que alcanza mercados cada vez más lejanos.
El hombre y su cuerpo, son vistos ahora como medio de producción y generación de riqueza, se ingresa en la era llamada materialista de la modernidad. El estado y el patrón se desentienden de su realización personal, de su protección y manutención, menos aún de su gozo y salud. Las doctrinas religiosas surgen ahora como única esperanza para la vida explotada y desplazada de la tierra y el bosque que daban sustento con el trabajo, el fruto del trabajo ya no pertenece ni al campesino ni al asalariado.
La explotación se hace más insidiosa que en la era feudal, y resurge la esclavitud y se globaliza en el mundo, proceso que comienza a cambiar finalizando el siglo XIX en que se observan las ventajas de que las masas consumidoras posean mayor poder adquisitivo a fin de generar mayor creación de riqueza, concomitantes con las grandes revueltas ciudadanas.
Durante los siglos que van del XVI al XIX ocurre el proceso de expansión europea a todos los confines de la Tierra impulsados por el capitalismo mercantil, y el descubrimiento de nuevas culturas con el fin de someterlas, por intercambio y siempre después a cañonazos, a la dinámica del mercadeo.
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Primer contacto con culturas nudistas
En el inicio de la expansión ultramarina del capitalismo mercantil, siglo XVI, los contactos con nuevos pueblos fueron vistos a los ojos de los cronistas occidentales con todos los filtros de sus propios procesos ideológicos de dominación social, y por ello resaltaban por contraste el uso del cuerpo más libre y desprejuiciado respecto a las vestimentas, la sexualidad y la desnudez pervertidas en aquella Europa.
En estas culturas no existía la carga que la socialización europea impartía a todas sus clases sociales a favor de la disciplina y de un pudor representativo del nivel social, e incluso de condenación histórica, con los cuales se educaba a los niños. La consigna general era inhibir los impulsos del cuerpo inclusive desde el momento del nacimiento.
Las descripciones etnográficas de estos otros sujetos humanos, llamados salvajes o primitivos, contenía no sólo los atuendos sino consideraciones ético filosóficas contrapuestas, como la inocencia y pureza de un nuevo mundo incorrupto, hasta la presencia de caracteres de animalidad, cuando no demoníacos, vistos en la permanencia de la piel al sol y los cultos naturalistas.
Si bien en todas las culturas ritualizamos el uso de vestimentas, que van del traje y corbata, al taparrabos, la vikini o las pinturas sobre el cuerpo, los ritos europeos diferían grandiosamente, en cuanto a significación y cantidad de materia puesta sobre el cuerpo, en comparación con “lo poco necesario y ornamental” que se utilizaba en las culturas americanas, oceánicas y africanas con que se toparon en la conquista.
La desnudez en los siglos de conquista y expansión mercantil desde el XVII y XVIII, siglos de grandes esfuerzos de ordenamiento institucional y control de las poblaciones, tuvo dos vías.
La desnudez parcial se asoció como digna de seres humanos de inferior capacidad, próximos a la animalidad, justificables de ser explotados por el modo de producción esclavista o pertenecientes a los estrados sociales más bajos enrolados en los trabajos manuales más rudos. Y la desnudez total que era intolerada en tal ordenamiento ideológico social.
La piel desnuda se asociaba con la tentación y el pecado. Y ante tanta prédica y prohibición, las insinuaciones y fantasías originaban más impulsos y somatizaciones sintomáticas. Hipocondrías, fobias, parálisis, histerias, frigidez e impotencia, así como desórdenes y compulsiones.
La vivencia histórica intraeuropa exacerbó sus prejuicios cuando sus portadores tomaron contacto con pueblos de un uso corporal mucho menos represivo, y desencadenaron, justificando su disciplinamiento, evangelización y explotación de recursos, la epopeya esclavista y los etnocidios más atroces y masivos que la humanidad haya conocido, en las colonias y en las repúblicas herederas después.
En los hallazgos arqueológicos se observan gran cantidad de traumatismos óseos, muchos que llevaron a la muerte, y deformaciones en los esqueletos debidas a la malnutrición, el estrés y condiciones laborales extenuantes, sobre todo en los sitios coloniales. Además se documenta un descenso vertiginoso de las poblaciones nativas por enfermedades, matanzas e imposibilidad de reproducción, en algunos casos como en islas de baleares, centroamérica y tasmania hasta su exterminio, y reemplazo por poblaciones esclavas de africanos traídos forzadamente.
Este modo de represión global sucedió desde el siglo XVI hasta el XX, la era del materialismo, donde el trato hacia el cuerpo se degradó inconmensurablemente. Los exterminios masivos de 1940 a 1945 no distan mucho de esa era, recuérdense las condiciones de vida en los campos de exterminio y las bombas nucleares.
En estas culturas no existía la carga que la socialización europea impartía a todas sus clases sociales a favor de la disciplina y de un pudor representativo del nivel social, e incluso de condenación histórica, con los cuales se educaba a los niños. La consigna general era inhibir los impulsos del cuerpo inclusive desde el momento del nacimiento.
Las descripciones etnográficas de estos otros sujetos humanos, llamados salvajes o primitivos, contenía no sólo los atuendos sino consideraciones ético filosóficas contrapuestas, como la inocencia y pureza de un nuevo mundo incorrupto, hasta la presencia de caracteres de animalidad, cuando no demoníacos, vistos en la permanencia de la piel al sol y los cultos naturalistas.
Si bien en todas las culturas ritualizamos el uso de vestimentas, que van del traje y corbata, al taparrabos, la vikini o las pinturas sobre el cuerpo, los ritos europeos diferían grandiosamente, en cuanto a significación y cantidad de materia puesta sobre el cuerpo, en comparación con “lo poco necesario y ornamental” que se utilizaba en las culturas americanas, oceánicas y africanas con que se toparon en la conquista.
La desnudez en los siglos de conquista y expansión mercantil desde el XVII y XVIII, siglos de grandes esfuerzos de ordenamiento institucional y control de las poblaciones, tuvo dos vías.
La desnudez parcial se asoció como digna de seres humanos de inferior capacidad, próximos a la animalidad, justificables de ser explotados por el modo de producción esclavista o pertenecientes a los estrados sociales más bajos enrolados en los trabajos manuales más rudos. Y la desnudez total que era intolerada en tal ordenamiento ideológico social.
La piel desnuda se asociaba con la tentación y el pecado. Y ante tanta prédica y prohibición, las insinuaciones y fantasías originaban más impulsos y somatizaciones sintomáticas. Hipocondrías, fobias, parálisis, histerias, frigidez e impotencia, así como desórdenes y compulsiones.
La vivencia histórica intraeuropa exacerbó sus prejuicios cuando sus portadores tomaron contacto con pueblos de un uso corporal mucho menos represivo, y desencadenaron, justificando su disciplinamiento, evangelización y explotación de recursos, la epopeya esclavista y los etnocidios más atroces y masivos que la humanidad haya conocido, en las colonias y en las repúblicas herederas después.
En los hallazgos arqueológicos se observan gran cantidad de traumatismos óseos, muchos que llevaron a la muerte, y deformaciones en los esqueletos debidas a la malnutrición, el estrés y condiciones laborales extenuantes, sobre todo en los sitios coloniales. Además se documenta un descenso vertiginoso de las poblaciones nativas por enfermedades, matanzas e imposibilidad de reproducción, en algunos casos como en islas de baleares, centroamérica y tasmania hasta su exterminio, y reemplazo por poblaciones esclavas de africanos traídos forzadamente.
Este modo de represión global sucedió desde el siglo XVI hasta el XX, la era del materialismo, donde el trato hacia el cuerpo se degradó inconmensurablemente. Los exterminios masivos de 1940 a 1945 no distan mucho de esa era, recuérdense las condiciones de vida en los campos de exterminio y las bombas nucleares.
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